Me diste tanto, distancia. Cercanía.
Un cercanías.
Que nos unía.
Tu casa con la mía.
Me he mirado al espejo, casi no me reconozco.
Ha cambiado tanto, he cambiado tanto.
Me diste alegría, noches de ensueño, risas y borracheras. Lo que toda quinceañera sueña.
Y después del temblor de mi corazón, creaste un terremoto en mi interior. Vale que cada noche fuera diferente a la anterior; una copa más cada vez. Pero, el terremoto que era, culminó con el huracán de un pelo largo. Ahora, esto es un desierto; con calma.
Miro atrás en el tiempo, y jamás hubiera imaginado que acabaría así.
Contigo tuve lo que siempre quise. Lástima que terminara tan pronto. El nuevo, el de ahora, me ha transformado.
Al revés que Kafka, ahora soy persona. Una vida normal, aquella que no entendía.
Molaba ser cucaracha, vamos, ese bicho, oscuro y lleno de mugre que también vivía. Eso era vida. Tenía su encanto.
Sin embargo, tengo que agradecerte por ayudarme a crecer. Gracias a ti conocí a esa persona que hasta ahora perseguía.
Cada noche soñaba con ella, pero las ojeras me impedían verla por la mañana en el espejo. Tan sencillo como mirar al suelo, hasta los zapatos han cambiado. Eso dice mucho de una persona.
De coger el café a la brocha, esta vez con algo más denso que el alcohol. Pero a pesar de la máscara, veo el interior.
No se si he llegado a la meta o es que sigo disfrazada.
En todo caso, gracias.
#BesosdesdeLondres